No nos conocimos, Joan, pero creo que te entiendo

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No nos conocimos, Joan, pero creo que te entiendo
Fotografía de Mary Lloyd Estrin/Everett/REX/Shutterstock

Es curioso que terminé leyendo El Año del Pensamiento Mágico justo cuando estoy pasando por un proceso doloroso entre el divorcio y la viudez. Y haciendo retrospectiva, quizá es por su pertinencia temporal que encontré tantos detalles interesantes en las palabras de una escritora, periodista y ensayista estadounidense que se consideraba más una observadora persistente que una crítica brillante (o por lo menos es la opinión sobre sí misma que someramente nos comparte en el libro). Hoy hablemos del pensamiento mágico de Joan Didion.

Entonces, el descenso hacia el pensamiento mágico

En mi opinión, el género periodístico es una de las estrellas más brillantes del universo literario. Siempre me ha gustado leer libros escritos por periodistas porque creo que tienen un dominio fantástico de la palabra que va más allá de “ser creativo”.  Es principalmente por esto que conocía la firma de Didion, por su trabajo como periodista y sus ensayos. Justamente es su capacidad de observación (de los pequeños detalles que podrían ser irrelevantes para alguien más) lo que me gusta de la manera en la que escribe (describe) la vida cotidiana de la sociedad estadounidense. 

Una foto de 1968 de Joan Didion en Los Ángeles, tomada por Julian Wasser para la publicación de Slouching Towards Bethlehem.

Con esta idea de leer un libro bien escrito por una periodista, le pedí prestada su copia de The Year of Magical Thinking a mi amiga Isa sin saber que iba a leer un texto profundamente triste.

Joan Didion y John Gregory Dunne el día de su boda. Fotografía de joandidion.org

La premisa es devastadora por sí misma. Una mujer desmenuzando sus memorias para contarnos el proceso que vivió tras la súbita muerte de su esposo. Su compañero de vida en el tumulto del ecosistema editorial, la persona que le dijo que era una excelente escritora cuando ella necesitaba escucharlo.

“I was thinking as small children think, as if my thoughts or wishes had the power to reverse the narrative, change the outcome. In my case this disordered thinking had been covert, noticed I think by no one else, hidden even from me, but it had been, in retrospect, both urgent and constant.”

Antes de empezar a hablar del estado mental que Joan describe como “Magical Thinking”, el libro empieza con una descripción completa de los hechos: el 30 de diciembre del 2003, después de visitar a su hija Quintana Roo en el hospital, Joan y John se disponían a cenar en casa; mientras ella mezclaba la ensalada, él sufrió un ataque al corazón y cayó sobre la mesa con su mano izquierda levantada (no sé porque me acuerdo tanto de este detalle, pero lo dejo aquí para ver si la imagen se exorcisa de mi cabeza).

Retrato de Joan Didion y John Gregory Dunne por Patrick Downs para The Los Angeles Times.

Es importante resaltar que en ningún momento Joan pensó que  su esposo podía estar muerto. Dejó de lado lo evidente, incluso da la impresión de ignorar el pesimismo de los enfermeros cuando atienden la llamada de emergencia. El hecho fue, de forma casi literal, inconcebible para ella. 

Después de esta introducción, viviremos el año del pensamiento mágico de Joan resumido en aproximadamente 200 páginas (dependiendo de la edición que leas). Páginas que nos explican que ella sentía una urgencia real por revivir a John; encontrar el momento de la historia en el que las cosas salieron mal para arreglarlas, todas estas ideas dementes y constantes pero fuera de la mirada pública. Un pensamiento que se sabía irracional y por lo tanto, se mantenía escondido hasta de la misma Joan lúcida.

Janet Fries/Getty Images

Me sigue pareciendo irreal que alguien pueda vivir con tanta angustia internalizada y caminar sobre una delgada linea entre la locura y la realidad sin que nadie notara nada.

Lo extraña a él, pero también la extraña a ella.

A Joan con John vivo. A la escritora con su fiel confidente. A la mujer casada. A la persona que discutía temas de interés mutuo todas las tardes antes de salir a cenar. Le duele la ausencia de esos hábitos que son fruto de la complicidad y nunca se pueden replicar con alguien más.

Porque Joan no era la misma persona sin John, pues ese cambio drástico de “nosotros” a “yo” siempre es difícil de asimilar y mucho más de habitar.

Grief turns out to be a place none of us know until we reach it. We anticipate (we know) that someone close to us could die, but we do not look beyond the few days or weeks that immediately follow such an imagined death.

Esta historia nos habla sobre el duelo desde otra perspectiva.  Nos aleja de la visión sistémica de Elisabeth Kübler-Ross (negación, ira, negociación, depresión y aceptación) y nos presenta un panorama más alineado con lo que describe Oswaldo Loera en su libro La habitación vacía, apuntes para una tanatología existencial.  Es decir, que el duelo no es igual para todos. Hay un proceso que empieza cuando la vida sigue y todos tenemos que llevar su ritmo que no se interrumpe por la muerte de nada ni nadie.

Oswaldo Loera (foto de casa Tonalá) y Elisabeth Kübler-Ross (foto de Elisabeth Kübler-Ross Foundation)

Después de la muerte, después del duelo (como sea que se presenta para cada quién), la vida como la conoces nunca será la misma. ¿Es por eso que Joan caminaba una delgada línea entre la locura y la realidad? Su cerebro acostumbrado a observar y no al análisis probablemente quiso darle una tregua peligrosa, lo cuál la llevó a vivir un duelo largo y complejo lleno de lecturas, estudio y observaciones (todo muy digno de una periodista de su talla). Pero esto no es necesariamente malo, es algo que pasó y le dio vida a un libro muy interesante sobre una escritora que tuvo que encontrar la manera de seguir su vida con ese equipaje de soledad acomodado en su casa desde una noche de diciembre en Nueva York.

Al final, además de Talese y Harper Lee, están Capote y también Didion

Una escritora que tuvo la dicha de vivir en otro tiempo del periodismo; una mujer que tuvo el infortunio de ver morir a su hija, Quintana Roo Dunne Didion, apenas un año después de la muerte de su esposo, John Gregory Dunne.

Creo que este libro no es necesariamente una recomendación para alguien que quiera leer una novela; es un asomo a la vida de otra persona que se rompió ante las circunstancias adversas, que fueron muchas, y atentaron contra su integridad.

Personalmente disfruté mucho la lectura y me quedo con ganas de leer más trabajos de ella. Me sorprende que además de todo ella tuviese un diagnóstico de Esclerosis Múltiple, pero aún no me queda claro si esto es algo confirmado o si solo fue una posible explicación a los malestares que sufría cuando pasaba por crisis nerviosas. En algún momento leeré The White Album (El álbum blanco, 1979) y algunos documentos que hablan sobre este tema, pero por el momento, dejaré descansar a esta autora. Una pausa necesaria para que todo lo que vivió mi corazón mientras la leía asiente lo aprendido respecto a la persona que fue Joan Didion en este mundo.